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Cronotopía que brota de causas dormidas: apunte ensayístico

*Ana Matías Rendón

Una cronotopía es un discurrir entre los escombros de las vacilaciones. El universo se despliega, mientras los discursos se contraen. Existe un lenguaje anterior al de la humanidad, un pensamiento que se abre cual rizoma: sin centro ni sostén, multiplicidad sin jerarquía.

El espacio-tiempo es un viejo binomio domesticado por la física, la historia y la filosofía, que nos revela una invención colonial sobre el lenguaje. La cronología es una ficción; existen desplazamientos. La localización es otra ilusión más; somos errantes. Por ello, los sedentarios se detienen en los lapsos bélicos. Pensar es caminar. Caminar es unirnos espaciotemporalmente.

El conocimiento (episteme) ha sido una cartografía de exclusiones, desde Parménides hasta Descartes, de Ptolomeo a Newton, se ha dibujado el saber cómo una arquitectura de corte: cuerpo diseccionado, alma que se exilia, razón que divide, res extensa que se somete, objeto que se estudia, principio y fin. La epistemología funda la verdad como nostalgia del origen, mientras más profundiza, rehúye de lo material. Pero el universo, el que somos, recuerda: se pliega, se curva, se expande sinfín, en tanto, el logos se desborda y su lógica colapsa en su propia repetición.

Nietzsche quiebra el espejo. Niega los hechos y encumbra las interpretaciones. El sujeto del saber se pierde, lo sustituye la voluntad, la danza y los abismos. Con Heidegger, Merleau-Ponty y Beauvoir el conocimiento se encarna, se siente, se roza, se gesta en la carne sexuada, situada, fenoménica. Derrida y Foucault descomponen el saber: es archivo, reconocimiento de la exclusión, suplemento, significados y sentidos. Conocer va más allá de fundar, hay que deconstruir. La filosofía se vuelve insurrección.

En la curvatura de la ciencia, cuando reniega de su madre, también se gesta la insubordinación: Einstein disuelve el tiempo. Los absolutismos caen. Hawking desborda el origen, la cuántica destituye la causalidad. Las leyes se vuelven obsoletas y devienen en historias. La disputa por el mejor relato devora la inspiración teórica. El universo es azar performativo, suma de posibilidades. Jamás empieza, ahora se entiende, fluctúa. Ausencia de borde, se pliega y despliega sobre sí mismo. La frontera es una invención, la certeza es un plisado de lo desconocido.

La posmodernidad encuentra el rizoma como imagen epistemológica. El camino se vuelve múltiple, hay una proliferación de trayectorias. El conocimiento quiere dejar de poseer, busca —­­desesperado—, deslizarse. La dominación, sin embargo, sigue abriendo heridas. La filosofía deviene en cartografía fractal, arqueología de grietas, polifonía de ausencias, genealogía que reniega. La verdad ha dejado de ser, la validez es una fuga. El saber resiste sin redención.

En esta época, donde el algoritmo simula pensamiento y el perfil crea al yo, el saber se atomiza en metadatos. Pensar se vuelve hackear; investigar, copiar de la IA; escribir, intervenir el código. En el espaciotiempo digital, la epistemología es enjambre. El sistema es ruido. No hay iluminación, hay pulsos y gestos. La filosofía disemina el sentido, busca intensidades, una pose, una instalación. Los latinoamericanistas en impasse: culturas, extraviándose en identidades.

Así, viajero, ¿por qué aferrarnos a la línea o al origen? Somos migrantes eternos, somos movimiento. El mapa ha muerto, hay que errar. El pensamiento es una deriva, una espiral que retorna para abrir nuevas vías, es un reinicio constante. Caminemos, pues, entre las ruinas del conocimiento, buscando no una verdad, sino una pregunta que sobreviva al silencio. Este cronotopo está listo para unirse a otro nodo. Estamos listos.

Los espacios-tiempos uróboros despliegan la cabeza de la serpiente, para permitir un nuevo bucle, porque eso somos, universo, una espiral. Caminemos entre las brazas de los campos francos, por donde los antepasados abrieron senderos y donde las carreteras se ciernen para borrar las huellas.

El universo expresa, mas no lo hace en línea recta, ni por un soliloquio, habla en espirales, en giros que se confunden con el andar del caminante impedido para llegar a su destino, pues habita el camino. Así los pueblos originarios, impedidos para imaginar el tiempo lineal, pensaron en el ritmo como vuelta sin retorno, hicieron de la espiral las espiras, bucles interconectados, porque la unidad nunca es una, es desdoblamiento. El espacio es ilimitado, es cuerpo que respira con los pasos de quienes lo recuerdan. El tiempo fue una invención sin existencia, condenado a encontrar el desplazamiento.

La epistemología occidental se construyó como quien diseña un mapa desde el aire: observa, mide, delimita; pero los pueblos que escribieron en la tierra sin linde y el cielo despejado, tejieron calendarios como cantos, sin escribir mapas; articularon danzas. La música, la danza y el canto nos han formado, viajero. ¿Qué es la danza sino el encuentro con el otro que es uno? Sólo debemos seguir el ritmo. La persona no es oposición del universo, brota de él, como maíz indistinguible entre raíz y fruto. Viajero, somos universo. Caminamos al expandirnos.

El tiempo lineal fue domesticado con relojes y pretendió hacerlo con la espiral. Se alinearon los ciclos, se impusieron las fronteras. Sin embargo, en la memoria de los pueblos, el calendario no se dividía entre el civil y lo sagrado, eran ciclos articulados, era uno solo, una espiral que marcaba los pulsos del universo. El tiempo era el sol caminando, el cuerpo en ceremonia, el fuego que regresa. Por eso, a semejanza del sol caminando, las personas caminamos la tierra, articulamos movimiento y espacio.

La escritura hegemónica trató de leer y reescribir a los pueblos como si fueran transparentes, pero los documentos, los códices, las crónicas, se extravían si se deja de escuchar su aliento. La historia oficial clasificó, acomodó, interpretó, sólo que la vida se resiste a las taxonomías. El saber es también lo que resiste a ser dicho.

En el centro de nuestro cosmos se halla la pregunta por sí misma: ¿qué es el universo? En occidente, es coordenada, dominio. En las naciones originarias, es parentesco. El universo es un tejido donde el tiempo es movimiento y el espacio es relación. Sin objeto ni sujeto, tampoco hay afuera o adentro. Todo se entrelaza.

La ciudad coloniza el espacio con rectas, el calendario gregoriano coloniza el tiempo con fechas; los pueblos forman espirales: su calendario sin inicio ni fin, la tierra sin medida ni reglas, es memoria en movimiento. Cada estrella es un testigo, cada monte es un ancestro.

Hoy, volver a estos saberes ha dejado de ser un acto de rescate, pues es reencuentro. Es innecesario idealizar, basta abrir la escucha a otras lógicas. Es aceptar que hay muchos modos de saber y que, entre ellos, también hay caminos que se entrecruzan. El conocimiento, como el universo, no empieza ni termina, se despliega, se canta, se interpreta lo que somos, se habita, nos habitamos. ¿Danzaremos a este ritmo?


*Ana Matías Rendón: autora e investigadora independiente. A lo largo de la vida ha tenido un montonal de empleos. Tuvo mucha suerte y estudió la licenciatura en Filosofía, la especialidad en Literatura y los posgrados en Estudios Latinoamericanos. En la investigación, se decanta por la epistemología, historiografía, historia y literatura de los pueblos originarios; en la parte creativa, por la migración y el trabajo infantil. Algunos de sus libros son: La discursividad indígena (ensayo académico), Espacio-tiempo mixe (ensayo académico), Entreverados (cuentos), Matsa’a (novela), entre otros.

Ana Matías Rendón
Ana Matías Rendón

OpenEdition le sugiere que cite este post de la siguiente manera:
Ana Matías Rendón (11 de junio de 2025). Cronotopía que brota de causas dormidas: apunte ensayístico. Blog Amerigrafías. Recuperado 5 de septiembre de 2026 de https://doi.org/10.58079/14f1l


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